Entrevistamos al Homer Simpson en 3D del que todo el mundo está hablando

Entrevistamos al Homer Simpson en 3D del que todo el mundo está hablando

Francisco Javier Monzón Rey llega tarde a la entrevista con Esquire.es. No es culpa suya. Hasta que hace dos días, el artista gráfico Miguel Vasquez no publicó en sus redes sociales una imagen de una escultura en 3D imaginando cómo sería Homer Simpson en la vida real su vida transcurría sin grandes contratiempos. Sin embargo, estas imágenes han cambiado su vida de forma irremediable:

«No llevo bien la popularidad», dice Monzón. Levanta la mano y le pide al camarero del bar en el que hemos quedado en una churrería de Bravo Murillo en Madrid que le eche un poquito más de aguardiente en el café. El lugar lo ha propuesto él. «Es el único sitio donde puedo tomarme un carajillo con aguardiente de tomillo», dice. Sonríe y luce una dentadura equina, contundente. Son las 9.35 horas.

«El teléfono comenzó a sonar el viernes por la noche y no ha parado en todo el fin de semana. ¿Eres tú? ¿Eres tú? ¿Eres tú? Joder, todo el mundo igual. Que sí, que sí, que sí, que sí, que soy yo, maldita sea, queréis dejarme en paz», dice. Monzón se echa a llorar sin lágrimas, como un concursante de Supervivientes, con rabia contenida, pero también un poco para la galería, mirando por el rabillo del ojo para ver si tomo nota. Agarra la taza lozana, tan gruesa como sus labios, y se bebe el café de un golpe. «Otro, por favor», dice. El camarero ya lo tenía preparado.

Mientras hablamos practicamente todo el bar se le acerca. El parecido es increíble. «Venga, Homer, vamos a hacernos un selfie», le dice G.C.L., un vecino recién prejubilado de una empresa de instalación de aires acondicionados que le da un palmadón en la espalda que a punto está de partirle la columna vertebral. Su barriga se ondula con una marejadilla carnal. «Un poco más de cuidado», dice.

Luego una joven japonesa se le acerca y hace una estudiada reverencia. Es Enako, la mayor cosplayer de Japón. Ha pagado 598 euros por un billete de avión desde Tokio. Ha llegado a Madrid a las 05.33 de la madrugada. Tiene unas ojeras increíbles. Me cuenta que apenas ha tenido tiempo para maquillarse en el bar.

Así transcurren los siguientes veinte minutos.

«Así que la fama era esto», dice Monzón.

La pregunta obvia es: ¿No te habías dado cuenta de tu parecido? Monzón asiente: «La verdad es que siempre lo he sabido. Mi ex mujer siempre lo decía: Paco, porque en casa siempre me han llamado Paco, hay que ver lo que te pareces al gordo ese de los dibujos, todo el fin de semana bebiendo cerveza», me cuenta. Margarita y él estuvieron casados 22 años. «Ella no ha tenido tanta paciencia como Marge», dice.

El hijo del matrimonio, Bartolo, es un conocido YouTuber que ha cambió su nombre cuando sus padres se separaron. Monzón no quiere revelar su nombre. «Le haría mucho daño a la imagen de mi hijo. Las marcas de bebidas refrescantes ya no querrían contar con él», dice.

Monzón sabe de lo que habla, asegura. Es director de marketing en una empresa familiar que fabrica alpargatas de esas de cuadritos peludos. «Desde que llegaron las Nórdicas, no nos va bien, pero todavía tenemos una base de clientes entre 82 y 93 años que es fiel a nuestra marca», dice. Monzón no quiere desvelar la marca. «No quiero que se asocie a la imagen de la serie», dice. ¿No cree que le beneficiaría algo de publicidad?, le pregunto. Monzón niega con la cabeza.

«Me gustaría poder sacar algo de dinero», dice. «Quiero cambiar de sofá», dice y acto seguido saca una foto de su cartera. Es de un dos plazas granate muy bastorro. Se pueden ver los muelles. «Mi sueño es cambiarlo algún día», dice. El parecido con el sofá de la familia Simpson es escalofriante.

Suena el móvil de Francisco Javier, Paco. Es el dueño de la empresa. Acaban de quebrar. «¿Y ahora qué hago?», dice. «Puedes probar en cumpleaños, despedidas de soltero», le digo. Le paso una tarjeta de Paquita Salas. Le digo que le llame. Luego pago el café y salgo a la calle.

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