‘La muerte del Capitán Marvel’: un arte de bien morir cósmico

‘La muerte del Capitán Marvel’: un arte de bien morir cósmico

Los superhéroes son los trasuntos de los antiguos dioses. Sus hazañas siempre son épicas, sus batallas espectaculares y el alcance de sus aventuras puede abarcar desde los más diversos panteones mitológicos a las dimensiones o universos más lejanos e inexplorados. Como avatares de la divinidad, y además por razones puramente especulativas para las editoriales que los publican, estos superhéroes no pueden morir. Pensemos por un momento: ¿hay alguno de ellos que haya muerto y no haya vuelto a la vida? Superman es inmortal, Spiderman es inmortal. Mientras tengan personas que quieran conocer sus historias (esto es, público que compre sus cómics), estos héroes nunca morirán.

Y, sin embargo, hubo uno de ellos que sí murió.

Hablamos del Capitán Marvel, un personaje de la editorial homónima al que Stan Lee -el creador detrás de tantos personajes míticos como Hulk, Spiderman o Los Vengadores– insufló nueva vida: sería un guerrero extraterreste -un kree, concretamente- y viviría toda clase de aventuras interestelares, entre las que destacan sus enfrentamientos contra Thanos, otro de los grandes personajes del universo cósmico Marvel, y que se considera -su nombre lo indica- la encarnación definitiva del no-ser. Sus aventuras no dejan de ser un enredo más de esa vertiente cósmica que tango gustaba a Starlin (recordemos su maravillosa obra El guantelete del infinito, con Thanos también implicado, y que ahora ha conocido el éxito de las masas gracias a la última película de Los Vengadores), pero sin duda alguna, el colofón a estas aventuras es sin duda la obra por la que será recordado este personaje: La muerte del Capitán Marvel.

‘La muerte del Capitán Marvel

Pocas veces una editorial se atrevía a matar definitivamente a uno de sus personajes. En esta ocasión, Starlin, que acababa de perder a su padre por culpa de un cáncer, hace que el protagonista corra la misma suerte. Y eso transforma el cómic: de repente, el héroe interestelar es humano (bueno, kree… pero para el caso es lo mismo), es mortal, se sabe frágil y perdido. Tiene que enfrentarse al destino inevitable. El cómic se convierte así en una terapia personal para el autor, en un motivo de reflexión filosófico, en un Arte de bien morir renacentista. Al mismo tiempo, matándolo de esta manera tan coherente, tan real, es imposible que luego sea resucitado por pretensiones económicas. La gran tragedia de la muerte del Capitán Marvel es precisamente que todos los superhéroes, con sus superpoderes, son incapaces de revocar la sentencia del protagonista. La muerte vuelve a recordarnos que es algo cotidiano ante lo que no se puede luchar cuando llega de verdad.

En las últimas páginas del cómic, es inevitable recordar la última de las Coplas de Jorge Manrique, que casan perfectamente con las viñetas de Starlin:

Así, con tal entender,
todos sentidos humanos
conservados,
cercado de su mujer,
Y de sus hijos y hermanos
y criados,
dio el alma a quien se la dio,
el cual la ponga en el cielo
y en su gloria,
y aunque la vida perdió,
dejónos harto consuelo
su memoria.

Así que este cómic (que, como otra gran obra como es El cuervo, sirve como forma de reflexión y superación de una muerte concreta, en este caso del padre del autor) trasciende su papel de mero entretenimiento: sirve como un nexo entre la cultura popular de la Edad Media, con las danzas macabras ilustradas, que recordaban el papel igualatorio de la muerte, y nuestros divertimentos pop. Estamos hablando de 1981, cuando ni siquiera los grandes renovadores como Frank Miller o Alan Moore habían tomado las riendas de los cómics que cambiarían a los superhéroes para siempre.

Con la recuperación de este clásico, La muerte del Capitán Marvel, Panini nos ofrece una obra de importancia capital dentro del mundo de los superhéroes, una lectura que no debe faltar en cualquier tebeoteca que se precie.

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